marzo 28, 2019

Como si pudiese congelar un instante

No sé de dónde aflora tanta nostalgia
como si no pudiese regresar en otro momento

puede que sea la realidad chocando mis sentidos
cada vez que regreso y todo está un poco más senil
y los mismos cuerpos
ahora más encorvados y con menos masa muscular, me reciben
con una sonrisa más distendida
en cada vez
pero una sonrisa al final

y se adueña de mí este miedo de cómo será la imagen que tendré enfrente
entonces
la próxima.

Es como si el tiempo se detuviera si no me voy
y por lo tanto mi percepción no es consciente del deterioro
como ese estruendo de emociones al volver a aquel sitio que recordabas impetuoso
pero apenas hoy aguantan unas cuantas ruinas
de lo que fue el escenario de tu felicidad
y por un segundo te sientes egoísta por haber sido feliz en otra parte
mientras el tiempo arrasaba con todo
y no estabas acá en el mal momento
y quieres quedarte a recuperar lo perdido

porque el amor es eso, ¿no?
estar presente en lo bueno y en lo desafortunado

entonces llegan los reproches
aunque descabellados
de si lo amaste de verdad.

Las cuencas de mis ojos no han estado secas desde que salí
y bajé los cristales para achacar mis lágrimas al viento agresivo
porque nadie comprendería este sentimiento absurdo de abandono

la gente cree que vivir en un lugar
es conocerlo de memoria
y haber hecho unas cuantas locuras que no has podido hacer en otros

vivir en un lugar es sentarte en el jardín
y cerrar los ojos
acariciar a las mascotas que también son familia
y dar un recorrido para mirar las plantas nuevas
y en las noches, antes de acostarte
pensar en lo bienvenida que eres siempre
y dar gracias porque
¡te han guardado las mejores cobijas
y tienes un ventilador para ti solo!

que cuando pienses que se terminó el pastel y no estabas
mires a la silueta que conoces bien
acercarse a ti
con las manos juntas
y oyes "yo te guardé"

eres un afortunado.

Hay momentos que no se repiten jamás
como el de mi abuela buscando una oración impresa en una hoja vieja
entre sus cosas
para obsequiármela con un
"llévela con usted siempre, hija"
y te das cuenta de que te está regalando su última copia

su escudo protector

o cuando, antes de irme, volteo para despedirme otra vez
y miro a mi Nana haciendo una cruz imaginaria en el aire con su mano derecha
como símbolo de bendición.

Yo no sé a qué edad uno comienza a valorar estas cosas
ni recuerdo exactamente cuándo comencé a ser consciente de ellas
pero doy gracias por llevarlas en mi memoria.

Hay veces en las que quiero decir tanto
y sólo me quedo inmóvil mirándolas
o les doy un abrazo silencioso.

Otras más, no hace falta decir mucho,
porque cuando hablan de las anécdotas de mi infancia
que a mí me son imposibles de recordar
he conocido cómo se ven unos ojos
inundados
de amor puro realmente.

Por eso este pánico de irme
no quiero perderme una nueva arruga
quisiera estar siempre que no recuerden un nombre
y que después de escucharlas pronunciar cinco otros que no son el mío
finalicen con una carcajada triunfante
porque por fin
lo han recordado.

2 comentarios: